Dulce companía

El poder


Hubo un tiempo en el que el poder se dejaba fotografiar: en el rostro de un presidente, en un desfile militar, en las sotanas, en el carro de policía, en las cuentas bancarias, en las chimeneas de las fábricas, en la autoridad del padre, en la directora de una escuela. Y el poder era bueno cuando estaba en manos de los discretos, de los justos y los razonables; y era malo cuando los malvados y codiciosos se lo arrebataban a los primeros. Pero ahora –dicen- el poder está en todas partes: está en el lenguaje y en los actos del habla; en el amor, en la amistad y en la vecindad; en los juegos de niños y en el ojo de la tevé. Y está en las aulas, en los hospitales y en los barrios. Por supuestos. (La subjetividad que se inventa - Marcelo PERCIA)

Escuché ayer en la radio que hablaban del 19 y 20 de diciembre del 2001, tratando de rememorar aquel acontecimiento y de descifrar que pasó en nuestra argentina hace exactamente seis años.
Y, mientras escuchaba, en el noticiero el Ex Presidente elogiaba al poder judicial por haber decidido la condena de varios represores que formaron parte de la nefasta dictadura militar y que cometieron delitos de lesa humanidad hace treinta años.
Y pensé, en lo difícil de hacer valoraciones sobre los acontecimientos recientes, en una sociedad que se toma treinta años para condenar a tipos que torturaron, asesinaron, secuestraron y cometieron cuanta delito uno se pueda imaginar, teniendo como principal arma, el poder del Estado.

Y mientras el periodista y el entrevistado discutían sobre si la gente había ganado la calle, o si el que se vayan todos se reflejaba hoy en nuestra clase política; pensé en como a veces los gestos de nuestras instituciones son en si una valoración de lo que debe ser y de lo no debe ser. Será por eso de que no se organizan actos institucionales que recuerden este acontecimiento, o no se hacen homenajes a las personas que murieron en esos tristes días de nuestra historia.

El poder ganó la calle, titulo un diario y por otro lado todos sabemos que en realidad lo que nos estaba pasando es que el gobierno se había vaciado de poder. ¿Se puede gobernar sin poder? En estos días –a seis años de aquellos acontecimientos- pensar en los significados del poder o del ejercicio del poder, debería ser –como en la escuela- una clase obligatoria, para, por lo menos no volver a caer en los errores del pasado, sabiendo que esos errores no solo nos significan más pobres, heridos y muertes que nadie parece querer recordar; sino que nos rebotan en el tiempo con secuelas mucho más difíciles de desentrañar pero que seguramente nos explicarían, el porqué a los argentinos, a la larga siempre nos sigue yendo mal.