Dulce companía

Isla Solitaria XXIV

Ya estamos del otro lado. Me doy vuelta y la vuelvo a contemplar. Me gusto estar un poco en vos. Recorrerte y respirar tu soledad. No tenes nada que envidiarle a las multitudes agobiantes que se ofrecen como refugio para los desamparados. Tu soledad reconforta mi alma. En mi lento peregrinar hacia vos, crucé las aguas que brotan del hielo milenario con la unica idea de caminar y encontré en este transitar mucho más.

Isla Solitaria XXII

Aparece frente a nosotros de nuevo la ciudad y la pequeña franja de piedras que nos conecta con la otra orilla del lago

Isla Solitaria XXII

Bordeamos hacia el norte de la isla y la playa -ahora si- parece arrasada. Como si una fuerza extraordinaria hubiera arrancado las rocas. Imposible pensar que es el lago el que -con su paciente y persistente presencia- ha moldeado esta escena.

Isla Solitaria XXI

Un sobrepuesto nos acompaña. Vuela y vuelve. Le aporta al paisaje su contraste. No parece inquietarle nuestra presencia.

Isla Solitaria XX

Me aproximo hasta esta orilla provisoria. En pocos días dejará de serlo. El nivel del lago recuperará los más de cuatro metros que ha perdido y las piedras negras permanecerán sumergidas, hasta la próxima temporada.

Isla Solitaria XIX

Descendemos sobre la margen norte de la isla y nos encontramos con una playa de piedras negras que esperan pacientes que el lago vuelva a subir. Tengo por momentos la impresión de estar frente a un escenario arrasado y a la vez presiento la armonía. Esa confusión a la que la naturaleza nos expone cuando intentamos encuadrarla a nuestros parámetros.

Isla Solitaria XVIII

Del otro lado, estoy una vez más frente al Lago Argentino. De espaldas a la ciudad, puedo darme el lujo de no pensar. De olvidar –aunque sea por un momento- todas las preocupaciones lógicas de la vida urbana. Puedo estar, puedo ser, puedo andar en esta geografía sin perturbarla, sin necesidad de apropiarme de ella, respirarla y confundirme un poco en ella sin contaminarla.

Isla Solitaria XVII

Un morro nos invita a subir y aceptamos gustosamente hacerlo. Increíble como –aunque sean pocos metros de elevación- uno siente que se renueva a medida de va logrando altura. También se renueva el entusiasmo por lo que este mirador nos depara.

Isla Solitaria XVI

Sobre la margen norte del lago puedo apreciar unos témpanos que navegan al ritmo que le impone la naturaleza.

Isla Solitaria XV

Miró atrás y la ciudad se deja atravesar esta vez por la cruz. No somos lo mismo sin ella. La cargamos como parte de nuestra historia. Su presencia nos interpela y es la vez un símbolo de lo que este territorio ya no será.

Isla Solitaria XIV

Ya estoy sobre la isla y la imponencia del paisaje se deja ver en toda su plenitud. Me emociono una vez más, no lo puedo evitar. La potencia del escenario es muy fuerte y el flujo de imágenes tiene la energía propia de un lugar sagrado. El lago que se pierde entre las cumbres cordilleranas pintadas de blanca nieve, se confunden con el cielo, para ser un todo.




Isla Solitaria XIII

Comenzamos a subir lentamente, en una pendiente amigable, entre coirones y matas de calafate. Uno puede respirar los aromas de las plantas que a la vez crean una atmósfera agradable y predisponen a sentirse bien. Estamos contentos de estar acá, la isla –solo por hoy- es toda para nosotros. Abandono todos los mecanismos de defensa que la vida urbana nos va incorporando y que cargamos como mochila de reflejos para garantizar nuestra supervivencia en la ciudad. De golpe y sin aviso, con un fuerte aleteo, cuando estoy casi frente a ella, una avutarda abandona frente a mi cara su nido. El susto que me pego no debe ser muy distinto al del ave que aguantó hasta último momento mi aproximación antes de dejar solos a sus huevos. Bordeo el nido y a partir de aquí abandono también la idea de que estamos solos en este lugar y tomo la precaución de no molestar a sus habitantes naturales.

Isla Solitaria XII

Hago una pausa y por un momento me quedo observando a la ciudad en la que vivo. Desde este lugar uno puede percibir, a ese “otro lado”, como una gran isla, en donde la soledad tiene otras formas de manifestarse. En ella, como dice Sabina: algunas veces gano y otras veces pongo un circo y me crecen los enanos; algunas veces doy con un gusano en la fruta del manzano prohibido del padre Adán; o duermo y dejo la puerta de mi habitación abierta por si acaso se te ocurre regresar; más raro fue aquel verano que no paró de nevar.


Isla Solitaria XI

Estoy del otro lado del lago. Me seco los pies, me cambio el calzado y me dispongo a dar un paseo que promete ser muy placentero. El viento está en calma y sol está a pleno. La idea de transitar este espacio cercano a la ciudad -pero a la vez tan distante- tiene alguna relación con lo difícil que nos resulta a veces aproximarnos a nosotros mismos. Estamos tan cerca y nos resulta tan difícil cruzar el charco que nos conecta con lo que realmente somos. Nuestro interior permanece como sumergido pero a la vez expectante de nosotros mismos.

Isla Solitaria X

Levanto la vista y veo la cruz clavada como una espada en la roca. Recuerdo que hace una década, con la excusa del fin del milenio, surgió la idea de plantar una cruz en la isla como para curarla de su soledad. Los preparativos fueron muy intensos. El 31 de diciembre de mil novecientos noventa y nueve, cuando el reloj diera la ultima campanada, se encenderían los fuegos artificiales detrás de la cruz y el pueblo daría rienda suelta a los festejos. Todos esperamos con ansia ese momento. Levantamos nuestras copas y nos asomamos por la ventana para ver el espectáculo. Debe haber sido una de las noches más frías y ventosas que recuerde para esa fecha. El espectáculo no empezó. De manera esporádica algunas explosiones se dejaban ver, pero nada tenían que ver con lo que se había anunciado. Después aparecieron las llamaradas de fuego. Un espectáculo dantesco rodeo la isla y el festejo se frustró. Los hombres que estaban en ella preparando todo, debieron ser evacuados y no hubo que lamentar victimas. La isla recupero su soledad.

Isla Solitaria IX

Me cambio el calzado, me arremango el pantalón por encima de las rodillas y empiezo a caminar. El agua –como ya imaginamos- está fría. Las piedras forman como una huella y por momentos siento como si la profundidad me fuera a doblegar. Hago una pausa y trato de calmarme. El color turquesa del lago me indica por donde no ir. Estoy en la mitad del trayecto y ya no quiero volver

Isla Solitaria VIII

Hacia el este uno puede apreciar Punta Gualichu. Un lugar en donde los tehuelches dejaron testimonio de su pasar por esta tierra. Al arribar a las costas del Lago Argentino, el Perito Moreno, encontró allí un cadáver momificado de un hombre adulto preservado bajo condiciones naturales en una cavidad rocosa llamada "Caverna de la Momia". Dicen que posee el cabello cortado casi de raíz. Entre los brazos y el cuerpo sostiene una pluma de cóndor pintada como símbolo de poder, un sudario plumoso, también pintado, del cual solo quedan trazas y algunos cuchillos de piedra....

Isla Solitaria VII

La proximidad con la isla me entusiasma. Su tamaño se acrecienta a medida que nos acercamos. Preocupa un poco como estará el lago en el tramo en el que uno debe pasar por el agua. Iba a decir caminar sobre las aguas, pero suena muy bíblico. También preocupa un poco la temperatura del agua, que suele ser fría, como para recordarnos de donde proviene. Pero a esto último estamos más acostumbrados en esta parte del planeta. No digo que uno no sienta frío, lo que quiero decir es que tal vez haya una mayor aceptación del mismo.

Isla Solitaria VI

Cruzamos un curso de agua que comunica a la bahía con el lago. Por el transitan algunas percas y las gaviotas aprovechan para alimentarse. El diseño es perfecto. Cuando el lago baja, la bahía también retrocede y el arroyo –afluente de la misma- continúa dándole vida, hasta que los deshielos vuelvan a inundarlo. Ahora bien, la bahía, nunca corta el contacto con el lago, sigue fluyendo hacia él.

Isla Solitaria V

Estamos en la orilla del lago. Este ha retrocedido tanto, que el muelle construido sobre su costa, quedó suspendido a varios metros del agua. La idea de lo inconcluso es lo primero que se me ocurre. En el pueblo, muchos proyectos se parecen a este muelle, han quedado inconclusos, es más, si uno lo piensa bien, hasta podría asegurar que es un poco el reflejo de lo que de alguna manera somos: una comunidad inconclusa, que solo adquiere sentido en aquellos meses de temporada alta, cuando los turistas desbordan por doquier.

Isla Solitaria IV

Hemos dado toda la vuelta. Desde aquí se puede apreciar en parte el conglomerado urbano que representó en los noventas el primer síntoma de crecimiento de la ciudad. Entre las viviendas residenciales uno puede encontrar pequeños y medianos hoteles, algún que otro restaurante. El paisaje no es uniforme, representa un poco la variedad de orígenes de sus habitantes.

Isla Solitaria III

Ya estamos sobre la parte oeste de la bahía. Desde aquí, la ciudad se ve distinta. A la cortina de sauces y álamos verdes concentrados en el la parte más antigua del pueblo, ahora la bordean nuevas construcciones, algunas de ellas levantadas solo para juntar los verdes aportes de la industria del turismo que motoriza toda vida de la ciudad. A la par nuestra, una cabalgata marcha a paso de hombre. Sobre la delgada capa de agua que persiste en la bahía, algunos flamencos, cisnes y patos disfrutan de la jornada.

Isla Solitaria II

Preparamos agua, una fruta, filtro solar, un calzado alternativo y rumbeamos hacia la isla. Sobre el techo de casa, una bandurria nos desea suerte en la travesía. Buen comienzo digo. Suelo creer en los mensajes de la naturaleza. Y no es que reniegue del pragmatismo en el que el conocimiento nos ha encarcelado, pero me han pasado tantas cosas en esta vida, que he aprendido también a jugar un poco con la idea de que estas presencias no son casuales, que hay en ellas una señal que tal vez nuestro raciocinio limitante no nos permite descifrar.

Isla Solitaria

Siempre está presente. Aunque a veces la bruma de invierno la cubra como con un velo, ella está ahí. Frente a nosotros, cerca de la costa, frente a la ciudad, sumergida en el lago. Alguna vez alguien me insinuó que su imagen recordaba a la Isla negra de Neruda, pero no, esa comparación me pareció un exceso. Ella es –ni más, ni menos- la Isla Solitaria. El hermano viento nos regala hoy un día de calma. Faltan pocos días para el verano y recién hoy podemos decir que tenemos un día primaveral. Hemos visto que la franja que separa la bahía del lago, está ya dibujada sobre el horizonte y nos decimos que este es el momento para intentar hacerle un poco de compañía. Para mitigar esa soledad a la que -uno imagina- la han condenado los movimientos de la madre tierra.

Una golondrina

Ella hizo una pausa. Le quedaba mucho por andar. El estaba en uno de esos momentos en los que la necesidad de otro es más fuerte. Ella no necesitaba. El esperó –no mucho- y se aproximó. Ella, voló. No hay amor en primavera, pensó él. Ella, ya sentía el verano.

El tiempo es veloz VII

Va enlazando palabras y deja de esta forma testimonio de su pasar. El corcoveo de los animales no parece conmoverlo. Encuentra tal vez en ello la inspiración necesaria para su crónica de este tiempo que galopa incesante sin darnos tregua.


El tiempo es veloz VI

Siempre –desde muy chiquita- le gustó jugar a que era reina. Construía en el galpón de esquila, un castillo, imaginando que todos respetaban su palabra. Imponía por su propia voluntad un régimen en el que ya nadie temía a nadie. Sus ovejas paseaban por el campo olvidándose del zorro o del puma, que obedientes a su mandato real, habían encontrado nuevas formas de alimentarse. Cuando paseaba por la inmensidad del territorio juntaba silencios que luego atesoraba entre sus manos como cuencos de rosario que le ayudaban a conciliar el sueño. Cabalgaba entre choiques, guanacos, maras y avutardas, en su corcel blanco derribando límites todos los días…

El tiempo es veloz V

Para ser parte del evento llegan delegaciones de distintos pueblos de la provincia y algunas del sur de Chile. Cada una porta su estandarte y se prepara para participar de la ceremonia inaugural. Este es un momento de calma en el predio. La puesta en escena tiene un encanto particular, una de las niñas que ha terminado de bailar en el escenario, se sienta sobre el pasto y deja que su imaginación vuele…

El tiempo es veloz IV

Ante de que autoricen la salida, se toman muchos recaudos. El caballo permanece sujetado al palo y el domador se monta con mucho cuidado. El capataz de campo levanta su mano como señal de que todo está preparado y el presentador toma la posta en el micrófono que hasta ese momento estuvo en manos del payador. Todo parece cronometrado. A un costado los apadrinadores que esperan que suene la campana decretando el fin del tiempo y saldrán al rescate del competidor, siempre y cuando este haya logrado permanecer sobre el animal.

El tiempo es veloz III

Todo comienza a girar en torno al campo de doma. Durante tres jornadas podremos ver a los competidores mostrar sus destrezas. Cada monta es un espectáculo aparte. El hombre sabe que en esta – a diferencia de las corridas de toros- él lleva las de perder. Mientras a pocos metros preparan al animal, aun costado, algún amigo le ajusta la bota hecha con cuero de potro. El dejo de confianza y seguridad que el jinete transmite tal vez tenga algo que ver con la fe en esa estampita que cuelga de su camisa.

El tiempo es veloz II

Un par de veces al año la ciudad invita al campo a volver a transitarla. Le abre sus puertas y desde el campo, sus hombres y mujeres bajan con sus caballos y sus pilcheros cargados de tradiciones. Rige -por unos días- una amnistía general a ese pasado expulsado por la modernidad. Se abren las tranqueras y todos nos contagiamos un poco de esa sensación de libertad que las tropillas transmiten con tanta espontaneidad. Son esos los días en los que nos damos un permiso para volver a soñar.

El tiempo es veloz

Atrás quedó el viejo pueblo rural. En él permanecen -como testimonio de un tiempo que ya fue- algunas construcciones que el crecimiento explosivo de la ciudad no pudo demoler y permanecen también muchas personas, a las que la modernidad no parece tentarlas con sus espejitos de colores. La tardecita amaga con llegar a su final y él, vuelve una vez más, luego de otra jornada de trabajo. Con un ritmo cansino recorre la costanera rumbo hacia su casa ubicada en el corazón de la ciudad. Hombre de a caballo como tantos, se ha acostumbrado a ver desde esa ubicación privilegiada la realidad. Vuelve en el tiempo o tal vez se va…