Dulce companía

Bajo el silencio VII

Detengo el vehiculo detrás de otro que espera a que se abra el camino. Los hombres –algunos de a pie y otros montados en sus caballos- se reagrupan para encauzar a las ovejas y pequeños corderos hacia el puente. Imagino –ayudado por sepia- una escena similar un siglo atrás. Los mismos peones -que llegaban desde Chile o Europa, en busca de trabajo- desplegando toda su astucia para controlar el ganado. Muchos de ellos, con sus familias afincadas por estos lares, con hijos, padres, esposas, esperando su regreso a casa.

Bajo el silencio VI

Las ovejas se resisten a cruzar por el puente de tan solo tres metros de ancho. Ya son varios los intentos de arriarlas en ese sentido pero todo vuelve para atrás cuando estas espantadas salen disparadas para cualquier lado, menos en esa dirección.

Bajo el silencio V

Llegamos al Río Centinela. Nos sorprende un arreo de ovejas que nos obliga a parar. Los hombres montados a caballo no parecen tener noticias de que pocos kilómetros más allá, dentro de este mismo establecimiento, se está preparando un homenaje que recuerda la memoria de hombres como ellos a los que el ejército argentino fusiló y sepultó en tumbas colectivas.

Bajo el silencio IV

Si miramos hacia el sur, en el medio de un faldeo, sobre la ladera del cerro huiliche, aparece un Puesto de la estancia. Parece abandonado. Pero no, cualquiera sabe que para estas grandes extensiones de campo, los puestos son claves para resguardar el ganado y evitar el abigeato, tan común en estos establecimientos cercanos a las poblaciones.

Bajo el silencio III

Si miramos hacia el norte, uno puede ver al lago Argentino y más acá asoma tenuemente el Cerro el Petiso. Todo sigue igual. Casi un siglo de historia nos separa de aquellos trágicos acontecimientos y nada parece haber cambiado. El paisaje tiene incluso incorporado el alambrado como único síntoma de la presencia de humana.

Bajo el silencio II

Salimos hacia el sur de la ciudad por la ruta quince. Apenas giramos hacia el oeste, uno puede apreciar de pleno el contraste entre la estepa con su camino de ripio y la cordillera, que le pone limites a la geografía local pero que la vez deja que nuestra imaginación viaje desconociendo fronteras.

Bajo el silencio

El afiche me puso a contramano. Federación Obrera Local encabezaba la convocatoria. Y el solo titulo me transportó a otros tiempos. A principios del siglo pasado, a las huelgas que un grupo de anarquistas y peones rurales hicieron en nuestro territorio y que terminaron con muchos de ellos fusilados y sepultados en tumbas colectivas. Y es cierto eso de que a veces los recuerdos juegan a las escondidas y la memoria de los pueblos debe ingeniárselas para traer a la superficie lo que parece sepultado por quien sabe que intereses. Será por eso -tal vez- que esta convocatoria despertó mi interés por participar en la misma. Los hechos son por cierto conocidos, el libro de Bayer y la película basada en el mismo, mucho ayudaron a su difusión, pero aun no ha logrado ocupar el espacio que debería tener en nuestra historia. Peones rurales fusilados -sin que medie explicación alguna- por el Ejercito Argentino, gobierno democrático de Irigoyen y latifundistas que se benefician de la trágica medida. Leo el afiche de nuevo y me dispongo a salir.

Sabor amargo


Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mismas vías que lo mantenían imaginariamente conectado con su pueblo. Solía hacer como si golpeara una caja al martillar sobre los durmientes y de vez en cuando, improvisaba una vidala. El tren era todo en su vida, pero desde un tiempo acá sentía como si no hubiera vivido. Miró el boleto y la liquidación que en la empresa le prepararon antes de despedirlo y pensó que el mate después de todo no era tan amargo.

Texto con el que participé en el Concurso Suspendeelviaje, aprovecho para agradecer a Luis, Andréa y Marcelo por la oportunidad que nos dan de hacer conocer nuestros escritos.