Dulce companía

Olvido XI

Faltaban pocos días para su cumpleaños numero treinta. Pensó, que tal vez, esta era una buena oportunidad para volver a encontrarse con sus amigos. Desde que apareció ella en su vida, todo había pasado a un segundo plano. Los festejos siempre los organizaba su madre. Invitaba a sus amigos y a medida que fue creciendo, la fiesta siempre terminaba en algún boliche del centro, en donde se daba permiso para mirar la vida desde otro lado. Probar a ser otro o –como muchas veces pensaba- probar a ser ese que nadie conocía, pero que celosamente guardaba en su interior. Estás desconocido, le decía algún amigo, al verlo divertirse con tanta naturalidad. Pero la fiesta terminaba y al otro día, aparecía de nuevo ese joven responsable, que religiosamente cumplía con todas las obligaciones: buen hijo, buen alumno, buen profesional, buen ciudadano…Después de la cena con mis padres, voy a salir a tomar algo con mis amigos dijo y ella, giró el rostro, cargó varias carpetas en sus manos, se puso de pie y caminado hacia la oficina que usaban de archivo contestó: Si querido, me parece que te va a hacer bien salir un poco. Esta es una buena excusa para encontrarte con ellos y volver a recordar viejos tiempos. Deben pensar que te tengo secuestrado. Dibujó en su rostro una sonrisa y se perdió entre los estantes cargados de biblioratos. 

Olvido X

Ese año pasó volando. Ella terminó la carrera. Fijaron fecha de casamiento. El ocho de agosto, es buena fecha, de paso nos ahorramos una fiesta y es el mejor regalo que voy a tener para mi cumpleaños, le dijo una tarde en el estudio, en donde comenzó a trabajar apenas recibida. A tu mamá le encantó el departamento y me dijo que estaba muy bien que sea de dos dormitorios, porque seguro que pronto se va a agrandar la familia. El, acompañaba el monologo de ella, casi sin hacer comentarios. De la alumna sencilla y tímida que un día levantó la mano en la clase para hacerle una consulta, ya no quedaba nada. En su casa, ella, con la complicidad de su madre, ocupaba todo el espacio familiar. En el estudio, con la complicidad de su padre, había comenzado a hacerse cargo de clientes importantes, clientes que él alguna vez creyó que –con el paso del tiempo- iba a heredar, pero que ahora, ella tomaba sin que medie explicación alguna. Una mañana fría de agosto, se casaron. Muy pocos invitados. Sus tíos de Entre Ríos no pudieron viajar. Están complicados con la siembra, dijo ella, seguro que apenas puedan van a venir a conocerte. Después no se habló más de ellos. Ni de nada que tuviera que ver con su pasado. Una vez, hablando de sus amigos de la secundaria, le preguntó si no tenía fotos de esos tiempos, de sus amigas o amigos de la infancia. Y ella, cruzándole el brazo por la espalda, le dijo muy suavemente al oído: mi amor, yo voy a ocuparme de mi pasado cuando no tenga futuro.

Olvido IX

Que suerte que tuviste hijo, esta chica es lo mejor que nos pudo haber pasado, dijo su madre, mientras le servía el desayuno. La veo y no puedo dejar de pensar que Dios está haciendo justicia conmigo, agregó y se quedó parada a su lado, mirando al techo. Sus ojos –casi lagrimeando- reflejaban ese estado, entre tristeza y felicidad. Tristeza que acarreaba desde ese día que volvió de la clínica -adonde fue a internarse para que naciera su hermanita- con las manos vacías. Nadie explicó nada. El, con sus ocho años, tenía ya muy claro lo que era un embarazo y nunca le explicaron lo que realmente pasó. El tampoco se animó a preguntar. Tristeza que la acompañó durante todos estos años, hasta que apareció ella. Ahora todo parecía distinto. Sos como una hija para mí, le dijo su madre una tarde de domingo, mientras tomaban el te y ella, sonrió y –como completando un cuadro- aseveró: y ustedes son como los padres que el destino me quitó. Y todos sonrieron. El, que en todos estos se la pasó pensando en como salir de esa estructura familiar tan rígida, sentía en estos momentos que estaba más atrapado que nunca. Ella, con esos gestos tan familiares, lo tenía confundido, era como la hermana, que él se había quedando esperando hace más de veinte años.

Olvido VIII

Después, todo pasó muy rápido. Cuando pudo enfriar la cabeza, ella ya estaba sentada en la mesa de su casa. Su madre preparaba el almuerzo. Su padre leía el diario. El, nada, solo trataba de explicarse que había pasado. Como un trampolín, la vida no le había permitido detenerse ni un minuto a pensar. Ella, lo esperó –una tarde- en su departamento de veinte metros cuadrados en el barrio de caballito. Lo nuestro va a ser para siempre le dijo, con un convencimiento, que él, solo pudo mover la cabeza, confirmando lo que parecía indiscutible. Quiero terminar mi carrera, me falta un año, recibirme y después nos casamos, formamos una familia y no nos para nadie, insistió ella. El, la recorría con sus dedos por la espalda y cuando iba a esbozar uno de sus tantos pensamientos, ella lo interrumpía con alguna de sus tantas certezas. Quiero conocer a tus viejos. Mis tíos se van a poner muy contentos cuando les cuente. Un año pasa rápido y ahora que vos vas a estar conmigo, estudiar me va a resultar más fácil. El no  había pensado en casarse, ni en llevarla a su casa, ni se le cruzaba por la cabeza en conocer a sus tíos, pero asentía, cada comentario de ella. Mis padres fallecieron cuando yo tenía ocho años, dijo ella, mientras buscaba la forma de hacerse un bocado de los tallarines caseros que la madre de él preparaba todos los domingos como un ritual religioso. Fue en un accidente de transito, cerca de Colon, chocaron con un tractor. Nadie la interrumpía. Me criaron mis tíos, a ellos les debo todo, son muy buenas personas.

Olvido VII

¿Hola? ¿Con el profesor Bardacci? Si dijo él, que no le gustaba que le dijeran profesor y que no atendía llamadas no identificadas, pero que  esta vez –por que ya estaba cansado del reposo médico- atendió y aceptó que le cambiaran el titulo que tanto le había costado lograr. Disculpe que lo moleste, dijo ella, es que… Sintió como si una bocanada de aire invadiera sus pulmones. Llevaba tres días en cama, en los que la fiebre lo había tenido al borde del delirio. Respiró fuerte por su nariz, para darse cuenta que no estaba imaginando lo que pasaba. No, no es molestia. Es que… Se acuerda que le dije si podía llamarlo, dijo ella. Si, dijo él y trato de disimular el temblor que recorría su cuerpo. Quedaron en verse en un café sobre Coronel Díaz y Paraguay. Ella llegó –más abrigada de lo que él la había soñado- abrazando sus carpetas. Lo saludo como si nada hubiera pasado. Pidió un café con leche, dos medias lunas y un jugo de naranja exprimido. El, endulzó su café con sacarina y se quedó contemplándola. Pensé que no iba a atender mi llamada, dijo ella. Pensé en que no me ibas a llamar nunca pensó él, pero sus labios no se animaron a pronunciarlo. Es que estuve un poco resfriado, contestó.  Después ella sacó sus  apuntes y él se ocupó de aclarar las dudas acerca de Teoría y técnica impositiva II.


Olvido VI

Ella miraba por la ventana. Los rayos iluminaban su rostro y dejaban ver su silueta debajo del camisón blanco. El permanecía sentado en su cama. Su cuarto, en el que había pasado toda su vida, conservaba cada uno de sus recuerdos. Un par de escarpines, que su madre colgó un día en la puerta. El disfraz del hombre araña desplegado sobre una de las paredes. La patineta, que tanto le gustaba usar y con la que un día –al derrapar sobre una cornisa- terminó con un brazo quebrado. Allí estaban, como testimonio de cada momento importante que le había tocado vivir. Todo siempre ordenado, aún hoy -cuando ya había cumplido veintiocho años- por su madre. Ella sonreía. Como agradeciendo el momento que estaban pasando. El, no podía dejar de pensar en como explicarle a sus padres, quien era esa desconocida que ocupaba –casi desnuda- su cuarto. Entonces sintió que llamaban a su puerta ¿Estas bien hijo? Preguntó su madre. Y despertó. Miró a su derredor y todo estaba como si no hubiera estado soñando, todo igual, menos ella, que ya no estaba. Que insistía en aparecer en sus sueños, como una pesadilla que el disfrutaba. Estoy bien mamá.  Creo que tuve un mal sueño, mintió y se dijo que no iba a poder seguir viviendo así.

Olvido V

La primera en notar el cambio fue su madre. Parece que tu hijo está noviando, comentó una mañana, mientras le servia el desayuno a su esposo. Y él abrió el diario y sin hacer ninguna acotación, se sumergió en las noticias del día. Los tres meses pasaron como si nada. Un buen día, dejó la clase y todos los alumnos le agradecieron su paso por el aula.  Uno a uno lo fueron saludando. Ella esperó hasta el final. Se acerco lentamente, como midiendo cada paso. Extendió su mano, que el tomó tímidamente y mirándolo –como solía hacerlo siempre- a los ojos, le susurró: ¿cuando no entienda algo, puedo molestarlo Contador? Cuente conmigo, para lo que necesite, aunque usted es muy buena alumna, no creo que vaya a necesitar de mi, pero anote mi teléfono por favor y no dude en llamar si considera que hay algo en lo que pueda ayudarle. Si me devuelve la mano, voy a poder anotarlo, dijo  ella y dibujó una sonrisa en su rostro. Disculpe, dijo él -casi sin poder soltarle la mano-  es que, estoy un poco emocionado, ustedes han sido muy buenos alumnos. Metió sus papeles en el maletín y dejó el aula.

Olvida IV

Cuando le ofrecieron la suplencia en la Facultad de Ciencias Económicas, primero pensó en decir que no. Nunca se interesó en la enseñanza. El que sabe, sabe y el que no enseña, repetía, casi como una muletilla, cada vez que le preguntaban porque no daba clases. Sus notas -siempre destacadas-  su buena relación con el decano y el respeto que el apellido de su padre imponía en el medio, eran toda una carta de presentación. Pero no, no se veía frente a una clase impartiendo conocimientos contables. Se sentía muy cómodo trabajando en el estudio de su padre y nadie discutía que con el tiempo todo iba a quedar bajo su mando. Me lo pidió de favor el decano y es solo por tres meses, se justificó cuando tuvo que explicar, que ese día, se retiraba más temprano de la oficina. El Contador Bardacci va a tomar por estos meses la cátedra de Finanzas de Empresas, es un profesional recibido en esta casa con todos los honores, así que descuento que todos van a saber sacarle provecho, dijo el Decano y lo dejo frente a una docena de jóvenes alumnos. Ella lo miraba con especial atención, con la mano sobre el mentón y los anteojos casi sobre la punta de su nariz y esos ojos que no solo miraban sino que se dejaban ver. Alguna consulta sobre el tema preguntó y ella como si lo hubiera estado esperando, levanto la mano y con una voz suave pero muy firme se dejó escuchar; yo profesor. Contador señorita, aclaró él y sintió una turbulencia hormonal que atormentaba su cuerpo.


Olvido III

Llevaban ocho años de casados. Laura nació una madrugada de noviembre. A pesar de las insistentes propuestas del obstetra, no hubo cesárea. Si voy a ser madre, necesito saber lo que es parir, decía su esposa, ante cualquier insinuación de programar una cirugía para facilitar el parto. Sentado frente al ecodoppler, él se limitaba a asentir todo lo que le decían, como si entendiera algo. Mire como mueve la cabecita, esas son las piernas, ahora parece que saludara, va a ser una niña hermosa. Todos comentarios que su esposa disfrutaba, pero que a él no le resultaban significativos. Estaba ahí, casi se podría decir por protocolo. Vivía cansado. Su mujer dejó de ir al estudio contable al tercer mes de embarazo y él tenía que cargar con todo. No era fácil mantener a los clientes conformes. No había plata que alcance. La decisión de armar el estudio propio, nunca lo había terminado de convencer. Pero su mujer insistió tanto que no le dejó alternativa. Después vino la noticia del embarazo. La felicidad de su esposa era tan desbordante, que se dejó contagiar y pudo –no son esfuerzo- disimular su sorpresa. No era algo que estuviera planeado. En los dos meses de casados, nunca había conversado con ella sobre tener hijos. Equivocado, él suponía que se cuidaba. Pasaron muchas noches y él nunca se decidió a preguntarle por las tabletas de pastillas anticonceptivas que ella siempre dejaba sobre la mesita de luz.

Olvido II

Arrancó el auto. Puso marcha atrás y dio un volantazo para que gire. Salió tan apurado, que recién cuando asomó en la calle y miró hacia los costados para ver si tenia el paso libre, se dio cuenta de que no le había dicho nada a su esposa. Mejor así, pensó, la llamo desde la comisaría, no tiene sentido que venga conmigo. Unas quince cuadras lo separaban de la seccional segunda. Los autos se cruzaban en zigzag, el transito era un caos, cada semáforo una eternidad. El estomago comenzó a hacérsele un gran nudo. Por momentos le faltaba el aire. Bajó un poco el vidrio y el aire frío lo alivió un poco. Adonde aprendiste a manejar pelotudo, le gritó un tipo desde una camioneta todo terreno. Frenó, lo dejó pasar, por un momento pensó que se lo llevaban puesto. Otro semáforo. Creyó verla cruzando la calle. Sintió la angustia que le recorría el cuerpo. Como no se había dado cuenta de que ella no los había llamado. Era lo único que tenían. Más de una vez, si no fuera por su pequeña hija, las discusiones con su esposa hubieran terminado de otra manera. 


Olvido

Acostumbrada como estaba a manejarse sola, dejó la clase de ingles y caminó por las calles de la ciudad sin un rumbo cierto. Lo hacia de vez en cuando. No les gustaba quedarse fuera del instituto esperando que algunos de sus padres pasaran a buscarla. Caminaba y mandaba mensajes de texto. Voy por San Martín. Ya pasé la plaza. Entré al kiosco de la esquina. Sus padres también estaban acostumbrados a esto. No les extrañaba encontrarla a tres o cuatros cuadras del instituto. En sus trabajos, tomaban nota de que había que pasar a buscarla, cuando llegaba el mensaje de texto. Hoy te toca a vos le decía él y ella –un poco rezongando- buscaba la llave del auto y salía de la oficina. Ese día no llamó, no mandó ningún mensaje. El cierre de la auditoria del principal cliente del estudio los tenía muy atareados. Pensó en detenerse. Miró para atrás, para ver si el auto de sus padres aparecía. Tomo el celular y recién ahí se dio cuenta de que su mensaje no había sido mandado. Intentó llamar y la voz de la operadora la anotició de que no contaba con crédito para hacerlo. La tarde era fría pero apacible. La gente pasaba a su lado sin prestarle atención. Fue entonces cuando lo vio. Apoyado en la pared de un negocio al otro lado de la calle. Manos en el bolsillo. Las piernas cruzadas. Con una ligera sonrisa en su rostro. Por un momento pensó en que le conocía, pero no. Intentó disimular su soledad. Empezó a caminar. Volvió su mirada para tratar de ubicarlo y él ya no estaba. Es de la policía contador, dijo la secretaría cuando transfirió la llamada. 


Tormenta

Me cuesta encontrar la ruta. Estoy como detenido en el tiempo. Atrapado en una inmensa manta blanca. La sensación de no ir hacia ningún lado me invade y debo esforzarme para que el vértigo no se apodere de mí. El transcurrir monótono va minando mis esperanzas de salirme, de que el clima cambie, de que amaine el temporal en el que terminé atrapado. Bajo un cambio. Me olvido de pensar en ese futuro, por ahora tan incierto. Se que voy a pasar este momento. Más por intuición que por certeza, sigo deslizándome sobre la huella. No es la primera ni la ultima tormenta que me toca atravesar. Se que depende mí y que puedo como nunca volver a confiar en lo que puedo dar. Mañana, me digo, voy tener que contarle a alguien esto.