Dulce companía

Safar

Cuantas veces te lo tengo que decir, le gritó, zamarreándolo de la chaqueta, no quiero verte nunca más jugando con esos atorrantes, que lo único que saben hacer es estar todo el día vagando por el barrio. Él, se mantuvo quieto. Conocía esa mirada y sabía que cualquier cosa que hiciera o dijera, podía desatar en ella una furia aún mayor. Si abría la boca,  era seguro que ella, se la tapaba de un cachetazo. Si intentaba safar de sus manos y salir corriendo, las consecuencias podían llegar a ser mayores. Ella, a pesar de los años, de que estaba un poco excedida de peso y que, de tanto fumar, se había ido quedando cada vez más lenta, era seguro que lo alcanzaba antes de llegar a la puerta. Y allí, al lado de esa puerta descarada por el oxido, colgando del perchero, entre los abrigos, había un cinto. Si, un cinto, de cuero y con una hebilla de bronce, bien gruesa, que ella conservó como único recuerdo, cuando su padre murió.  Y a él le dolía todo el cuerpo de solo imaginarse recibiendo una paliza con ese recuerdo paternal ¿Entendiste no?  Vociferó, acercando tanto su cara, que él solo podía distinguir sus ojos  y sentir que  literalmente le escupía sus amenazas en el rostro. Apretó los labios, se mantuvo en silencio, dejó que de a poco ella fuera aflojándose. Contuvo la respiración y el sonido del timbre llegó. Como la campana salvadora de los boxeadores que están al borde la knock out o como cuando no hiciste la tarea y suena, anunciando el final de la clase, justo antes de que estén por llamar. Porque él,  tuvo la suerte de llamarse Andrés Zurita y de que en su aula haya cuarenta alumnos que, cuando pasaban lista para entregar los trabajos, no tuvieron su misma suerte alfabética.  Esa misma suerte que ahora tocaba a tiempo el timbre de su casa y que la obligaba a ella a bajar los brazos, a aflojarse un poco, a tratar de recuperar la compostura, a mostrarse nuevamente gentil y buena persona, como la conocían todos en el barrio. A ser la mujer trabajadora, que se había quedado sola en la vida, que trabajaba y se ganaba el sustento y lo criaba a él, que se esforzaba para que siempre hubiera un plato de comida en la mesa y para que él tuviera una vida distinta a la de su padre. Andá al baño a  lavarte la cara y te pones a hacer la tarea, después vamos a seguir esta conversación, le dijo. Se acomodó un poco el pelo y fue a ver quien llamaba. El, entró al baño, cerró la puerta. Se miró al espejo. No necesita lavarse la cara. Estaba bien. Sus ojos se había acostumbrados a no llorar. Le pareció escuchar que ella discutía con alguien. En realidad, no discutía. Ella suplicaba, pedía por favor que la consideraran, que le dieran un poco más de plazo. Que entendieran su situación. Pensó en salir del baño para escuchar más claramente. Por un momento, sintió hasta un poco de pena por ella. El visitante se fue. La casa recuperó ese silencio, que ella cultivaba casi macabramente. Esperó unos segundos y no dudó. Apoyó sus pies sobre la tapa del  inodoro, abrió el ventiluz, acomodó su delgado cuerpo, giró sobre si mismo y se dejó caer hacía el patio trasero. Luego corrió. Sus amigos del barrio lo vieron pasar. Él, ya no volvería a jugar nunca más en esa esquina.