Dulce companía

Vueltas III

Vas a cobrar un sueldo por mes, le dijo su tío, libre de gastos, que se lo podes mandar a tu mujer. Pasaron tres años. Más de una vez pensó en traer a su familia con él. Pero las nenas son muy chicas y si bien la vida en el campo patagónico tiene cosas lindas, hay tiempos en los que el viento y el frio lo hacen todo insoportable.  Hoy,  como casi todos los días de mayo, el día pinta apacible. Frio si, pero con sol y sin viento. Siente el ladrido de sus perros y se levanta. Encenderá la cocina a leña con algunas brazas que quedaron de anoche. Se tomará unos mates. Preparará su caballo y junto a sus perros, irá hasta el puesto, en donde esperará a su patrón y al resto de la peonada. Las vacas viejas, los novillos y las vaquillonas que no están preñadas serán cargadas en el camión jaula  y llevadas al matadero. Las demás, volverán a la vega a pasar el invierno. Al final de la jornada, él pasará a buscar su bolso con algunas pilchas, cobrara su mensualidad y le pedirá a su patrón que lo pase a dejar en el pueblo. Allí comprará su pasaje de vuelta. Y cuando ya esté sentado en el colectivo, cerrará los ojos y agradecerá una vez más, que la vida tenga estas vueltas. 

Vueltas II

Mañana, cuando parta hacía su pueblo, en donde lo esperan su mujer y sus dos hijas, sabe que más de una noche no dormirá, pensando en ellos. Que a esa felicidad, que inunda su existencia, cuando vuelve a casa, después de tantos meses de trabajo en el sur, solo la perturba, ese temor de que a sus animales les pase algo. Que el invierno sea más duro de lo pensado. Que, como pasó en el 94, la nieve tape hasta los techos de los campos, sepultando todo y que los operativos de rescate se lleven a los hombres y mujeres, dejándolos por semanas solos. Es muy feo, eso de quedarse solo. De estar a la buena de Dios, piensa y la imagen de su familia vuelve a su mente ¿Cuanto tiempo anduvo él a la buena de Dios? ¿Cuanto tiempo lo aguantó su compañera viviendo- si se puede decir a eso vivir- con lo justo? Hasta que vino al mundo su primera princesa. Ya no podía seguir así. Rejuntando miserias para sobrevivir. No era eso lo que él quería y cuando parecía que la angustia lo terminaba arrastrando a lo más profundo de ese pozo del que no sabía como salir, surgió esta oportunidad. Un tío, que él no recordaba, lo mandó a buscar. Mire m`hijo, hay trabajo con sueldo y obra social, casa y comida y lo demás lo pone usted, le dijo. Y él, que se había pasado toda su vida en el campo, haciendo de todo un poco, lo único que no entendió fue la palabra sueldo. 

Vueltas

Hacía mucho frío. Hubiera querido quedarse un poco más entre las sabanas. Afuera, el sol, también se negaba a aparecer. Claro, ya estamos en mayo, los días se acortan y uno –entre el frio y la falta de sol- estira un poco su descanso. Afuera, todo está calmo. Los perros esperan en su refugio  que la casa despierte. Solo queda una jornada más de trabajo y ya podrá irse. Fueron cuatro días de duro trabajo. Juntar las vacas y llevarlas hasta el potrero, podría decirse que fue lo más complicado. No saben lo que es meterse en esa esta vega que bordea el río y en la que uno no sabe en que momento se hunde entre las bardas con caballo y todo. Pero es también lo que más se disfruta. Cabalgar entre estas soledades. Sin espacio ni tiempo que te imponga obligación alguna. Solo dejarse andar. Respirar bien fuerte a veces, para espantar la nostalgia. Para no dejar que ese vacío se llene de recuerdos. Para centrarse y no perder la chaveta, como dicen en el pueblo. Es ese, tal vez, el único esfuerzo que se le exige. Lo demás, parece ya programado. Su caballo, va y viene desde el casco de la estancia, como en automático. Y pensar que mi patrón, con tremendo GPS en su camioneta, más de una vez se ha confundido de huella y ha terminado dando vueltas, sin sentido, por el campo, piensa. Está orgulloso de su caballo, como lo está de sus perros. Cuando está solo con ellos, se siente como un rey. Su caballo y sus perros, están a su servicio. Lo hacen todo bien. Y él, como buen monarca, les corresponde también como debe ser. Buen alimento, un buen refugio, nunca exigirles más de lo que pueden dar. Confía en ellos y se siente querido por ellos.


Aproximación

Vamos a remar un poco, me dice y con eso alcanza. Buscamos los remos, los chalecos y bajamos caminando hacia la bahía redonda,. Allí nos espera nuestro canobote. El día pinta plomizo. No hay viento y eso en si es también una invitación a salir pasear por la bahía. Vamos hacia los caballos, que están pastando en la vega que se forma sobre el borde este, que da sobre el campo de doma. Remamos entre patos, flamencos, coscorobas, cauquenes y otros bichos que eligen este lugar para pasar el verano. Estos son los momentos en lo que me siento más pleno que nunca. En los que, el aproximarme tan amigablemente a la naturaleza, se vuelve una necesidad vital.