Dulce companía

Sembrar

Uno cosecha lo que siembra, repetía el tipo en la oficina cada vez que a alguno de sus compañeros les pasaba algo malo. Siembra vientos y cosecharas tempestades, acotaba, si lo que al otro le estaba pasando era realmente  complicado. Y así, con estas frases cortas, estos dichos populares catalogados como refranes o enseñanzas populares, el tipo te metía el dedo en la herida cuando vos menos lo esperabas. A él no solían pasarle cosas. Mas de uno estaba como esperándolo, como diciendo: ya vas a venir vos con un drama de aquellos y en vez  de una voz de consuelo te vas a encontrar con una sentencia, te vamos a decir todos a coro y a viva voz: ¡Uno cosecha lo que siembra! Pero no, a este tipo no le pasaba nada. Todos los días, las semanas, los meses y años de su vida eran como si nada. Como si se hubiera subido a uno de esos caballitos de las calesitas y a pesar de dar vueltas y vueltas, nunca iba a encontrar un solo obstáculo. Y él insistía con su sentencia. No perdonaba. Todos éramos victimas de nuestros propios actos. Lo malo que nos pasaba era solo una consecuencia de algo que en nuestro pasado habíamos hecho mal. Nos lo teníamos merecido. Y él seguía la vida como si nada, hasta que un día la contadora Gonzales, no pudo más y lo encaró en la cocina mientras se preparaba un café y mirándolo muy fijo a los ojos le dijo: A vos Pertutti nunca vamos a poder decirte que estás cosechando tu siembra, porque se nota a las claras que vos en esta vida nunca sembraste nada y desde ahora guardate todos esos comentarios de mala muerte que haces, porque por  lo menos para mí, vos sos nada. Y él arrebato personal de la contadora, pasó a ser refrendado por todos en la oficina. Y el tipo no habló más, no se metió más con los problemas ajenos. Es más, creo que desde ese día pasó a ser como caballo de calesita.

Mirada complice

Cuando uno ve todo lo que falta por hacer, parece imposible  imaginarse, que en poco tiempo, de esa trama de lana saldrá una manta que abrigará del frio a quien sabe quien. Las mujeres se muestran laboriosas. Mientras algunas siguen hilando, otras ovillan y otras preparan los husos para continuar la tarea. Todas tienen dibujada en sus rostros una sonrisa que las acompaña y dejan ver –de vez en cuando- una mirada cómplice, como un código secreto que solo ellas conocen y que sin necesidad de decir nada, va dándole curso a la tarea. Estamos preparando todo para mandar a la Fiesta nacional del poncho, me comenta, la que con sus gestos lidera el proceso. Pido permiso y tomo unas fotos, para luego seguir  mi recorrido por esta callecita norteña en la que me aguardan gratas sorpresas.

Sabor a mar (Final)

Después venía la distancia. Caminar juntos hasta la costa y una vez allí, ella se quedaba con su cámara en la mano esperándolo. Dejó de temer por las olas que lo podían mojar. De a poco perdió ese miedo a que el mar un día se lo llevara definitivamente. Se sacó de encima esa tensión que el esperarlo le ocasionaba. Superó la tentación de bajar a acompañarlo, de recostarse a su lado e intentar sentir algo de eso que el tan apasionadamente le contaba que sentía. Un día como si nada tomó su cámara y empezó de nuevo a sacar fotos a las gaviotas, a los lobos, los cormoranes, los barcos y a ese bicho raro que se obstinaba en permanecer tan cerca del mar escuchando sonidos que sus ojos no podían ver. 

Sabor a mar VI

Ella, no entendía de sonidos ni de composiciones musicales, solo miraba y lo dejaba hablar, esperando volver a la cama, para poder saborear ese aroma a mar que él desprendía de su cuerpo, que, como un  afrodisíaco perfume,  le despertaba sentimientos que nunca antes había sentido. Sabía a mar y ella, que acostumbrada a respirar esos aromas desde la distancia costera, de pronto se encontró sumergida en lo más profundo de esa existencia, que se le ofrendaba como un gran océano para navegar. 

Sabor a mar V

Ya en su casa, preparó un café que nunca llegaron a tomar. Él decía que no había una ola igual a otra, que en  el sonido del agua deslizándose entre las piedras, uno podía percibir una de las composiciones más hermosas que el oído humano hubiera escuchado jamás. Que había probado estar una hora escuchando y después dos, y tres y cuatro, hasta seis horas sin que se repita una nota igual. Que el director de esa gran obra, era seguramente alguien muy sensible, para construir esa armonía musical con agua y piedras.

Sabor a mar IV

Fue así como se encontró con él. Bueno, más que un encuentro, para ella fue casi como un rescate. Nunca le había prestado atención, hasta que vio como el mar subía y se acercaba hacia eso que parecía un cuerpo desvanecido en la costa, al que no le faltaba mucho para terminar siendo arrastrado por una ola. Fue la única vez que bajó hacía el mar. Corrió hacia él desesperada y cuando se disponía a zamarrearlo, la ola golpeo contra sus piernas y lo despertó. Él se puso de pie como si nada hubiera pasado. Ella se frenó de golpe pero ya estaba demasiado cerca como para evitarlo. Te puedo ser útil en algo le dijo, como para salir del paso y no quedar como una estúpida entrometida. No me vendría mal un lugar en donde secar un poco estos pantalones, dijo él, mientras una nueva ola terminaba de empapar sus pies. Vivo a dos cuadras de acá, si te parece, venite a casa y te secas un poco, ya se está poniendo frio y si te quedas ahí parado, lo menos que te vas a agarrar es una pulmonía, dijo ella, ahora un poco más tranquila.

Sabor a mar III

Ella lo mira desde la emplanada. No lo entiende pero lo acompaña. Lo observa como quien cuida a alguien en la distancia, como dejándolo hacer su juego. Ella no ve el mar, ni las olas, ni siente las vibraciones que él dice sentir. A ella si  le gusta ver a las gaviotas pescar, a los lobos marinos nadando por la costa, a los cormoranes que se posan sobre el muelle petrolero. También disfruta mucho el quedarse contemplando  los buques que esperan su carga cerca de la costa. Se pasa muchas horas, con su cámara fotográfica, registrando cada uno de esos momentos.

Sabor a mar II

Debe ser por eso que insiste en volver a esta playa, a esperar que suba la marea, a recostarse  y cerrar los ojos y sentir las olas que rompen muy cerca de él y  luego percibir ese deslizarse del agua en retroceso. A veces suele aparecer con las zapatillas mojadas, incluso con los pantalones salpicados con agua, porque se ha descuidado o  el mar lo ha tomado por sorpresa o simplemente se ha dejado acariciar por una de esas tantas olas que insisten en venir hacia él.

Sabor a mar

Las olas golpean suavemente la costa. El agua tapa las piedras y luego se desliza suavemente en retroceso. Hay en este movimiento como un contrasentido. Cuando la ola rompe sobre la costa el sonido es abrupto, suena como un cachetazo en la cara, te despierta y te obliga a prestarle atención. Cuando el agua retrocede, sucede todo lo contrario, el agua se filtra suavemente entre las piedras y el sonido es  tan relajante que uno puede pasarse horas tirado en la playa y perder noción del tiempo, del espacio y de uno mismo también.  Esto no pasa en las playas de arena, allí uno disfruta del mar, de sus olas, pero no hay nada parecido a lo que uno percibe cuando el agua retrocede en una playa de piedras.