Dulce companía

Mandamientos

Caminar despacio, dejando en cada paso un instante de esa eternidad que nos prometieron y que hoy presentimos falsa. Olvidarse del paraíso como premio que le llega al que no se aparta de los milenarios mandamientos. Sentir el temor, no tanto al perder la senda del buen camino sino a ese rezago de culpa que anida en algún lugar de tu conciencia o de tu inconsciencia. Avanzar, aun cuando todos a tu alrededor imaginan que retrocedes. Trastabillar. Caer. Levantarse. Renguear. Volver a caminar. Parece ser que de eso se trata esto. 


Hurgando

Que se sentía como extranjera en su alma, dijo. Despojada de toda fe y de todo sentido de trascendencia. Que, por otro lado, no esperar milagros la tenía más tranquila y aliviada. Dijo eso y se quedó mirándome fijo, como hurgando en mi interior para encontrar algo de eso que parecía haber perdido. Yo no atiné a decir nada. Sólo tragué saliva al darme cuenta de que también estaba vacío, que por más que revolviera en mis entrañas, no encontraría nada. Y nos quedamos así…


"Las fosas ya están cavadas" de Alberto Chaile

No debe existir soledad más profunda que la que uno siente estando en el medio del socavón; y más aún, si este socavón, por alguna trágica circunstancia, no tiene salida. Sentir y —me animo a decir— presentir que, tal vez, sin darse cuenta, uno se ha estado cavando su propia fosa para quedar ingenuamente atrapado en ella...

•Primera edición de 100 ejemplares numerados
•Tamaño A6: 10 x 15cm
•Tapas blandas liner de 200grs
•Cosidos a mano
•Impresos en papel bookcel de 80grs
El Calafate – Santa Cruz – Argentina
Realizado por


Batalla

Ella sostenía que tenía que existir una coherencia entre lo que se pensaba y lo que se escribía. Sostenía también la idea de que ello no estaba en la naturaleza del hombre y que, por lo tanto, para lograr esa coherencia, había que librar un eterna batalla para no caer en artificios que falsearan el pensamiento genuino que toda persona tenía.  Él, sólo escribía.

Irse

-A vos te falta profundizar, no podés andar así como así haciendo afirmaciones tan livianas, dijo él y se quedó como quien se queda esperando una respuesta.
Unas nubes, pesadas y oscuras, viajaban arrastradas por el viento que soplaba del oeste.
Ella siguió mirando ese cielo oscurecido que ahora dejaba caer una fina llovizna.
-No vas a decirme nada, insistió él levantando un poco la voz. 

-Yo sólo le dije que me daba la impresión que estaba como a la deriva, que me parecía que debía buscarle un rumbo a su vida. Le dije eso y ella me abrazó fuerte, muy fuerte, por un largo momento y después se fue.