Dulce companía

Derrotada

Terminé derrotada, dice y deja caer su humanidad en el diván que –por la manera en que amortigua su llegada- parece que supiera que él es el depositario de eso que no es un despojo pero que tampoco hace pensar en algo integro. No puede ser tan mentirosa, agrega mientras termina de acomodarse con las manos sosteniéndole la nuca. No soporto más esa manera de engañosa de mostrar ese fraude que es su persona. A esta altura ya debería darse cuenta de que nadie compra ese personaje de mosquita muerta que fabrica cada vez que aparece. Ni siquiera como astucia de supervivencia se la podemos dejar pasar. No se merece la indulgencia de los débiles. No soporto tener que lidiar todo el tiempo con sus desvaríos. Dice todo esto y se queda pensando en silencio. Él no sabe qué hacer. Sí decirle que cambie de peluquería o dejar que todo siga así.

Libre

Dice que en el establecimiento hay que respetar el uniforme. Que, si no lo hace, no se le va a permitir el ingreso. Que no está dispuesto a tolerar este tipo de situaciones que promueven el desorden y que fomentan la desobediencia entre el alumnado. Lo dice y no lo mira a la cara. Mira el escritorio en el que tiene desplegado un sinnúmero de carpetas. El alumno si lo mira. Lo hace de manera desinteresada. Lo mira y piensa en cómo será verse uniforme. En dejar que su singularidad se diluya y se vuelva uno más en eso que asemeja a una tropa. El rector sigue con su perorata. Dice que si no cumple con las normas puede quedar libre. El alumno, mientras tanto, sigue pensando. Está en otro lado pero vuelve. Le gustó esa opción que le ofrece el sistema. O trae uniforme o queda libre. No duda. Agradece haber nacido en un país en el que se puede optar, entre ser uniforme, o quedar libre.

Solito

No pienso decir lo que pienso. Elijo el silencio y quedarme pensando. No creo que sea el momento. Y, si existe un momento, no quiero encontrarlo. Me muerdo los labios y aguanto. Elijo esperar. Darle al decir, de tantas cosas sin sentido, un descanso. Hacerlo voluntariamente sin necesidad de que nadie me tape la boca. No sé bien porqué lo hago. Cuando lo pienso un poco, una duda revolotea por mi cabeza, tentadora y deseosa de quebrar mi voluntad. Pero no lo hace. Me deja así. Se cansa y se va a sembrar la duda a otro lado. Yo la dejo ir. Ya volverá, me digo y me quedo solito, pensando.


Blanco

La mente en blanco. Nada de nada. Como si me hubieran hecho un lavado de cerebro con lavandina. Y la hoja en el pupitre, como una virgen desahuciada, también en blanco. No deben faltar más de diez minutos y no logro empezar una frase. Aunque sea para no vayan a pensar que, al dejarla así, estoy expresando cierto desprecio por la materia. Mi compañero de banco escribe. Titubeante, pero escribe. Seguro que puro verso, pero escribe. Está acostumbrado al chamuyo. Cuando pasa a dar oral siempre zafa. Empieza a gesticular mientras dice cualquier cosa y todos compran. Pero este es un examen escrito. Los gestos no sirven de nada. Acá, lo que hay que poner, son palabras. Y se te equivocas en una, por más linda que haya quedado la frase, todo lo que quisiste decir puede ser leído de otra manera. Y ahí viene el bochazo. En cualquier momento suena el timbre. El profesor no se movió en toda la hora de su escritorio. Aprovecha el tiempo y corrige exámenes de los otros cursos. No sé cuántas horas trabaja pero se me hace que vive en la escuela. Si me hubiera tocado la bolilla uno hubiera sido otra cosa. Pero me tocó la dos. Hay días en la que la suerte no está con vos. No queda más que esperar que suene el timbre. El silencio en el aula es absoluto. Tan absoluto como el vacío en mi cabeza. No suele pasarme. Debe ser por eso que, aun sabiendo que no tengo nada para escribir, sostengo la birome en mi mano como si no estuviera derrotado, como si, finalmente, antes de que suene la campana, fuera a derramar, sobre esa hoja en blanco, aunque sea una idea que justifique mi paso por esta aula.