Dulce companía

Insulsa

Ya limpié mi invernáculo. Desmalecé lo que había quedado de la temporada anterior. Ordené un poco mi patio quitando las hojas muertas. Ya empecé a tirar algunas semillas de flores con la esperanza de sumar en el verano alguna especie más a las que ya tengo aclimatadas. Me queda empezar a preparar los almácigos. Pero no he tenido tiempo para ello. En eso estoy atrasado. Todos los años digo lo mismo: apenas termine el invierno, apenas ese manto blanco que cubre de frío mi patio desaparezca y el sol me entregue una par de horas de luz en el día, voy a sembrar. Pero siempre pasa algo y pierdo estos días. O mejor dicho ocupo estos días en otras cosas que surgen inesperadas. A veces pienso que, si no fuera por lo inesperado, qué insulsa sería ésta vida.

Las huellas del frio

Se nos fue otro invierno. Por momentos parecía esos caminos interminables en los que uno se cree perdido. Pero no. Por suerte el mundo sigue girando. Y la primavera comienza de a poco a sentirse. Aunque debo reconocer que cada vez se me hace más duro transitar los sombríos días de agosto esperando a que las jornadas de sol se alarguen y que el bajo cero nos deje. Me salvan las lecturas. Y el sentarme a escribir. Y el pensar que en medio de tanta penumbra tal vez se esté engendrando un nuevo libro. 

Sólo lo sentí

Hoy sentí la guerra muy cerca de mí. Sentí el estruendo, seco y explosivo. El vuelo rasante de un ave de guerra pasó por mi cielo. Mi nieto, sentado en la mesa tomando su sopa de letras, levantó la vista. Hoy sentí la muerte muy cerca de mí. La imagen del chico sirio que dio vuelta al mundo volvió a mi cabeza. Hoy sentí el miedo muy cerca de mí. Era mediodía y no lo esperaba. Tampoco las aves que anidan en la bahía sabían de él. El recuerdo de Malvinas me nubló la vista. Los chicos muriendo de frio en las islas. La estúpida guerra sobrevoló mi techo. Vino a despedirse. No era un simulacro. No traía consigo la amenaza cierta de descargar su furia. Vino a despedirse. A decir que se iba. Trajo a mi memoria un sueño muy loco en el que mi nieto, con su uniforme verde, golpeaba mi puerta y decía contento: volví abuelo, volví. Hoy sentí de nuevo un poco de angustia. El vuelo rasante duró unos segundos y no alcancé a verlo. Sólo lo sentí.


Transcurrir

Afuera cae nieve arrastrada por el viento. El día es soleado y aun así, está nevando. Hace frío pero no alcanza para que se forme la alfombra blanca que nos recuerde que todavía es invierno. Mis álamos supuran brotes ocres que nada dicen de ese follaje verde que pronto llegará. Como nada dice este opaco día que la primavera está por ahí nomás.