Mucho se habló en los medios locales de los nuevos y no tan nuevos problemas de transito que sufrimos los vecinos de El Calafate y es cierto que la ciudad creció explosivamente y que salvo de turistas, desborda de todo un poco. Desborda de agua cuando llueve y cuando no llueve, pero se rompe algún caño de Servicios Públicos, desbordan las cloacas hacia laguna nimes, cuando los efluentes cloacales d e los pocos privilegiados que cuentan con red, tiran de la cadena más de los necesario, desbordan las escuelas de nuevos matriculados, que colman las aulas de la diversidad de contenidos y perfiles que nuestra siempre ponderada ley federal supo engendrar, desbordan las pasarelas del glaciar que aguantaban 80 mil turistas por años y hoy soportan 400 mil (mientras esperan que los inversores privados y públicos inicien las obras de infraestructura comprometidas hace ya un par de años) y podríamos seguir con los desbordes, pero la idea es hablar del transito. No hay que de dar muchas vueltas por...
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña