Pablo llega de visita a la casa de sus padres. Lo hace con la idea de ver cómo están, pasar con ellos un momento y pegar la vuelta. Su madre, feliz de verlo, le dice que va a preparar estofado, ese que a él tanto le gusta, que se quede a cenar, que últimamente los visita poco. Y él se queda. El ánimo familiar no es el mejor. El gobierno decidió reconvertir la empresa en la que su padre trabajó toda la vida. Indemnización, retiro voluntario, tercerización, palabras que nunca habían pronunciado, empezaron a usarse más seguido. Palabras que su padre no termina de aceptar como ciertas y que hacen que cualquier conversación derive en una discusión. —Deberías ponerle un burlete a esa ventana —comenta Pablo mientras ayuda a preparar la mesa. Su padre lo mira y sin decir nada sube el volumen del televisor, como si con ello apaciguara el zumbido ululante del viento que se filtra por la rendija. La madre sirve el estofado. La cena no es distinta a las tantas que compartieron...
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña