Horno da barro, confundido en la montaña, disimulas tu existencia. Te mantienes aferrado a la tierra que te dio vida. Los fantasmas de un pasado que resiste, juegan en tu interior y llaman al fuego que te enciende para alimentar esperanzas...
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña