Cuando el sol empieza a templar la mañana, el pasto frente al ventanal, exuda brilloso el frio. Mas allá, los rosales, a pesar de lo avanzado del otoño, aún conservan algunas flores. Los frutales ya no tienen hojas, el viento que sopló fuerte en estos días terminó con ellas. En la costanera, cada tanto cruza un auto. Seguro que es alguien del pueblo porque turistas a esta altura de año se ven muy pocos. Sobre la bahía se destacan los flamencos y, cerca de la costa, algunos patos. Los cisnes, que flotan como pequeños puntos blancos, están un poco más lejos. Cada tanto alguno aletea como si fuera a levantar vuelo o estuviera desperezándose. Una pareja, pasa abrazados. Es raro ver parejas caminen abrazados. Los flamencos, reunidos en tres grupos, parecen de familias distintas. Están muy juntos, son una mancha rozada flotando en el agua, tan amuchados que apenas puedo contar la cantidad. En el grupo más cercano a la orilla debe haber más de una docena. Pasa un caminante, de...
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña