Hubo un tiempo en el que el poder se dejaba fotografiar: en el rostro de un presidente, en un desfile militar, en las sotanas, en el carro de policía, en las cuentas bancarias, en las chimeneas de las fábricas, en la autoridad del padre, en la directora de una escuela. Y el poder era bueno cuando estaba en manos de los discretos, de los justos y los razonables; y era malo cuando los malvados y codiciosos se lo arrebataban a los primeros. Pero ahora –dicen- el poder está en todas partes: está en el lenguaje y en los actos del habla; en el amor, en la amistad y en la vecindad; en los juegos de niños y en el ojo de la tevé. Y está en las aulas, en los hospitales y en los barrios. Por supuestos. (La subjetividad que se inventa - Marcelo PERCIA) Escuché ayer en la radio que hablaban del 19 y 20 de diciembre del 2001, tratando de rememorar aquel acontecimiento y de descifrar que pasó en nuestra argentina hace exactamente seis años. Y, mientras escuchaba, en el noticiero el Ex Presidente elo...
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña