La capuchina, parece desentendida del tiempo, sigue floreciendo y sus anchas hojas verdes se desplazan presumidas por el jardín. Ya es otoño, le dice mi álamo y le hace llegar, cotidianos mensajes en amarillas hojas que ella no quiere leer…
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña