Pensó en llamar a su madre, pero decidió no hacerlo. Tengo que ser fuerte se dijo, tengo que empezar a hacerme cargo de las cosas que me pasan. Fue hasta el baño y buscó en el botiquín una de esas pastillas que tomaba para relajarse un poco. Miró el frasquito, estaba casi lleno, como que no había necesitado recurrir a él en todo este tiempo. Tomó una pastillita amarillenta, se la puso en la lengua, abrió la canilla del lavatorio y bebió un gran sorbo de agua para tragarla. Bien, se dijo, ahora a dormir. Puso el despertador a las seis y se tiró boca abajo en la cama. Cuando comenzaba a sentir que su cuerpo no alcanzaba a llenar ese espacio, a tener esa sensación de ausencia del otro que ya no estaba, se durmió profundamente.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña