Escribir sobre la nada. Dejar que las palabras vayan, desinteresadas de cualquier propósito, poblando la inabarcable hoja en blanco. Contar la historia que no se ve, o que sólo ven esos atentos ojos, de ese par de guanacos, que observan expectantes lo que se les aparece en el medio de esa nada. Imaginar que no es un click de una cámara fotográfica el que se va a disparar. Imaginar la mira telescópica y al cazador que junta adrenalina y que siente el frío gatillo sobre el tembloroso dedo, dudando en qué momento presionar sobre él. Y dejarlo todo así. Dejarle al lector la libertad de imaginar qué fue lo que pasó. Si, finalmente, ese inescrupuloso cazador disparó o no. Y si lo hizo, si logró dar en blanco. O tal vez falló. Tal vez, la imagen, así como se ve, lo perturbó. Le hizo creer que tenía frente a sí a ese ser mítico de dos cabezas, del que tantas historias cuentan los puesteros, y la bala de la carabina se perdió en ese cielo azul, y su retumbar volvió como un eco ensorde...
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña