A veces -como si fuera viento del oeste- me atraviesa un deseo de no aferrarme a lo que más quiero; de desarraigarme de este árido tiempo en el que -cada día que transcurre-la nada se vuelve más nada; como esos pájaros que no regresan al nido.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña