Una puñalada, dos puñaladas, tres puñaladas, cuatro puñaladas, cinco puñaladas; el forense hizo una pausa, levantó la mirada como buscando en el cielorraso una respuesta a la única inquietud que le daba vueltas por la cabeza, en qué momento dejó de sufrir, se preguntó. Seis puñaladas, siete puñaladas, ocho puñaladas. Cuando registró la número trece, pensó en el victimario, en por qué no se detuvo acá si ya había cumplido con el cometido de quitarle la vida. Cuál habrá sido el motivo que lo llevó a seguir clavándole el tramontina hasta superar las cuarenta puñaladas. Hizo el informe, lo firmó y regresó a su casa.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña