Celos enfermizos y sentimiento de complot permanente son los distintivos de la patología que no para de crecer; en tiempos individualistas, la paranoia es la reina. Como la pareja llega media hora tarde, enseguida sospecha de una infidelidad. Al sorprender secreteando a los compañeros de trabajo, cree que le están serruchando el piso. Y si encima no lo saludan, confirma el complot. He aquí los silogismos de un paranoico, un personaje como cada vez hay más y cuyos distintivos son: yoismo extremo (yo el bueno, el elegido, el mejor) y desconfianza absoluta del entorno (ellos los malos, tontos, infieles, traicioneros). La paranoia es casi tan vieja como el hombre, pero los expertos estiman que el siglo XXI individualista y competitivo es un caldo de cultivo especialmente adecuado para este tipo de patología, que tiene tres niveles. La "paranoia cotidiana" es la versión más leve y frecuente: uno tiene ideas persecutorias o celos injustificados pero son temporales y controlables: u...
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña