-Cuántas veces te lo tengo que decir, -dijo zamarreándolo de la remera- no quiero verte más en esa esquina jugando con esos atorrantes, que lo único que saben hacer es estar todo el día vagando por el barrio. Andrés se mantuvo quieto. Conocía esa mirada, sabía que cualquier cosa que hiciera o dijera podía desatar en su madre una furia aún mayor. Si abría la boca, se la podía tapar de un cachetazo. Si intentaba zafar de sus manos, salir corriendo, las consecuencias podían llegar a ser mayores. A pesar de los años, de que estaba un poco excedida de peso, y que, de tanto fumar, se iba quedando cada vez más lenta, la distancia era tan corta que lo iba a alcanzar antes de llegar a la puerta. Y allí, al lado de esa puerta descascarada por el óxido, colgando del perchero, entre los abrigos, había un cinto. Un cinto de cuero con una hebilla de bronce bien gruesa que ella conserva como único recuerdo de su padre ya muerto. Y a Andrés, de solo imaginar la paliza que recibiría...
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña