Ayer, después de un largo invierno, salí a mi patio. Preparé una melga de tierra y sembré papas. Acomodé un poco los ajos, que ya asoman con fuerza. Limpié los cursos de agua de las vertientes para que el agua circule. Podé algunos sauces que dan a la calle. Conecté las mangueras de riego. Un día primaveral. Terminé la jornada, cansado, pero feliz. —Mañana —dije—, voy a empezar a preparar los primeros plantines, seguiré con la poda de los rosales y comenzaré a preparar el invernáculo para la temporada. Hice planes, confiado en que el invierno ya fue y que, los días por venir, van a tener la calidez que ha tenido esta jornada. Hoy, 20 de septiembre, me levanté temprano, corrí las cortinas de la ventana y afuera, el señor invierno, me dijo; aún estoy acá, no me ido, tus planes no son mis planes. Y si bien me sorprende el cambio, porque debo dejar mis planes de lado, no dejo de alegrarme, por esta nieve que cae lentamente y que muy bien le vienen a mis plantas.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña