Llegó temprano a la oficina, cosa poco común en ella. Clarita ya estaba sentada en su escritorio con la computadora encendida. Siempre igual, siempre sonriente, siempre temprano, siempre eficiente y como preparada para hacerse cargo del mundo. Trató de desentenderse, de no prestarle atención, de hacer como si su llegar temprano no fuera una excepción en su vida laboral. Se quitó el gorro, la bufanda, los guantes, la campera y un sueter que solía ponerse cuando le tocaban estas mañanas frías. Cuando se disponía a ubicarse en su puesto de trabajo, sintió la proximidad de Clarita, que sigilosamente se había levantado y con una taza de café en la mano, venía hacia ella, con, uno vaya a saber, qué intención. ¿Te pasa algo? Le susurró al oído. Ella se dio medio vuelta, sin desacomodar el cuerpo, como queriendo disimular eso de estar pasando un día de mierda. Nada, no me pasa nada. ¿Qué te hace pensar que me puede estar pasando algo? Contesto, pensando en que su respuesta, en forma de pre...
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña