Acomodó el cuerpo en la butaca, dejándolo caer lentamente, como si al así hacerlo, evitara algún dolor, de esos que uno le quedan luego de una larga caminata. Lo hizo también buscando encontrar, en esa butaca, alguna seguridad, esperando tal vez, contener toda esa humanidad, que se percibía tan frágil que la hacía pensar que si –por esas casualidades- alguien abriera la puerta y dejara entrar una brisa, esa ligera brisa sería suficiente para terminar derribando lo poco de autoestima que le había ayudado a salir de su departamento y llegar hasta su trabajo. Levantó la vista, quizás con la esperanza de que Clarita ya no estuviera más ahí, pero no, Clarita seguía con sus manos apoyadas en el escritorio, como estableciendo una barrera, un límite, como bloqueándole cualquier posibilidad de huir de esa conversación que ella no quería tener y a la que, evidentemente, Clarita no estaba dispuesta a renunciar. Disculpame, dijo, casi en tono de suplica, pero no ahora no tengo ganas de habl...
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña