Está cambiando el aire. Lo hace con fuerza. Como si ya no soportara más permanecer así. El aire que respiramos por varios días viaja a unos cien kilómetros por hora rumbo al Atlántico. Se lleva nuestros suspiros, nuestros enojos y todo aquello con lo que lo cargamos mientras circula por nuestro organismo. El aire que llega viene desde el Pacifico. Atravesó la cordillera y aunque su permanencia entre nosotros es casi efímera, se respira bien, limpio, como aire nuevo.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña