No necesito pensar, como no necesito remar, solo desplazarme, aprovechar el ritmo del oleaje y dejarme llevar. No busco un milagro, por eso debe ser que no he probado caminar sobre las aguas. Estoy en esos días en los que me alcanza con flotar. Y digo flotar y no salir a flote, porque no he tocado fondo, aún no. Solo he probado sumergirme un poco en esta realidad azulada, y he tratado, aunque con poco éxito, de encontrar un rumbo. El oleaje me puede, por ahora, por eso elijo dejarme llevar.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña