La mujer que me vendió los cerezos fue tajante al asegurar que, de nada servía plantar una docena de ellos si no me llevaba uno que haga de polenizador, uno que cumpliera la función de proveer flores para facilitar la polenización de los otros y con ello la abundancia de frutos. Pero no espere de él otra cosa, me dijo, este árbol sólo dará flores. Una década más tarde, las mejores cerezas me las da él. ¿Habrá cambiado con el pasar del tiempo? Vaya uno a saber. ¿Cambiará uno también con el pasar de los años?
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña