—Respirar, de eso se trata la vida — dijo eufórico como si estuviera anunciando la buena nueva—. La gente se ha olvidado de lo básico, está tan ocupada en llenarse los bolsillos, la panza y los hogares de cosas que no tienen sentido, que ha dejado de lado, algo tan simple, como es el hecho de respirar. Respiro y luego existo —insistió dándole a sus dichos un tono filosófico. Yo, mientras inhalo por la nariz y exhalo por la boca, dejo que el viento ventile mi perruna existencia.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña