La vi venir. Tenía un andar acurrucado como si no quisiera ser vista. Pensé en cruzarme de vereda para no toparla pero no lo hice. Seguro que ella también me vio venir, a pesar de mi andar despreocupado. Aunque intenté esquivarla no pude evitar encontrarme con esa mirada apagada y ese rostro oscuro. Hice un gesto como para saludarla y me encontré con nada. Solo una sonrisa triste, como si arrastrara por siglos una nostalgia maltratada.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña