No sabemos qué fue lo que pensaron los habitantes originarios de nuestro territorio cuando vieron aproximarse a la costa del actual Puerto San Julián a las naves comandadas por Magallanes. Todo hace pensar que desconocían por completo ese tipo de embarcaciones. Que nunca antes habían visto algo parecido. Es –imagino- como si hoy viéramos descender una nave desde el cielo con una forma extraña a nuestro conocimiento ¿Sentiríamos temor, desconfianza, curiosidad? ¿Nos dejaríamos encantar por su presencia a punto de no ofrecer resistencia? No existe registro alguno que dé cuenta de cómo se sintieron los primeros habitantes de este suelo frente a esos hombres barbudos que viajaban en esas naves flotantes. Si sabemos que a ellos los vieron grandes e ingenuos. Tal vez haya sido es la razón por lo que ya no quedan casi huellas de esa raza.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña