No sabe si seguir o quedarse ahí esperando a que, su tropilla, pegue la vuelta. Los caballos avanzan decididos. Tienen ese andar que a él lo hace pensar que no galopan, que flotan como si fueran caballitos de mar. Que el contacto con el agua ha despertado en ellos una capacidad anfibia que hasta ahí nunca habían podido mostrar. Aunque el borde costero está ahí nomas, estos matungos no van hacía él. Todo lo contrario: su rumbo se orienta hacia lo profundo. No queda mucho por hacer, salvo esperar que prevalezca el instinto y que sus caballos salgan solos del agua. Pega unos gritos tratando de llamar su atención. Pero no sucede nada. Hay algo que los ha enceguecido, piensa. Hay algo en este espejo de agua que los retiene, una fuerza desconocida que los llama, que una trampa que los mantiene atrapados.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña