Hundió el cuchillo sin odio, sin desprecio. Incluso, me animo a decir, con cierto placer. La sangre brotó densa, pesada, como si antes de salir ya estuviera coagulada. El verla así le provocó repugnancia, asco. Por un instante creyó que las náuseas lo iban a desbordar. Pero pudo contenerse. -¡Mozo! -grito desde la mesa, concentrando la atención de todos los comensales- le dije bien clarito que al bife de chorizo lo quería cocido.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña