El sol, la luna, el agua y yo, intentando mantener mis pies sobre la tierra humedecida; solo, con mi incapacidad de descifrar este universo y su misteriosa forma de sorprendernos, contemplando un eclipse más que nos regala el universo.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña