Dejé que el agua caliente vaya muy lento, con apenas un ligero chorrillo, llenando la taza en la que me preparaba un te. El color amarronado del saquito empezó a diluirse y un ligero aroma, apenas perceptible, pasó por mi nariz. Agarré una cucharita y probé. El sabor terroso se paseó por mi boca. Cerré los ojos y respire olisqueando el aroma que desprendía la taza. Todo estaba bien. Puedo disfrutar de un te negro, me dije, otro día más en el que puedo disfrutar de un te negro, repetí, como queriendo exorcizar ese miedo que me ronda a que la anosmia o la disgeusia me priven de estas minucias placenteras que tiene mi vida.
¿Pero acaso crees que se puede vivir así? Dijo, medio como murmurando para sí, tomó otro trago de vino, apoyó las palmas de sus manos sobre la mesa y con un gesto amenazador y ante la mirada distraída de ella, levantó un poco más la voz ¿De donde sacaste esa idea de que hay que ver el día a día? ¿Qué acaso tengo que estar rindiendo examen cada minuto de nuestra existencia? No, no querida, esto no va a funcionar así. O te comprometes conmigo hasta que la muerte nos separe o esto se termina acá, justo en este preciso momento. Iba a agregar algo más, confiado de que sus palabras estaban encauzando la relación, cuando ella se paró, dio una media vuelta y se marchó.
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