Si cada cuerpo alberga una eternidad que llamamos alma, por qué temerle tanto a la muerte.... No digo resignarnos pero si aceptarla, reconocerla, asumirla como parte de la existencia para poder vivir.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña