Permanece con los dientes apretados, necesita hablar con alguien. Los muertos también traicionan, piensa y hace una arcada, como si fuera a convulsionar. El enfermero ni lo mira. Tiene toda su preocupación puesta en completar una planilla antes de entregar el turno. Es de madrugada y él sabe que esa es la hora predilecta de los traidores. Esperan el sueño profundo de sus víctimas para delatarlos. Y los sueños más profundos son al amanecer. Debo mantenerme despierto, dice medio balbuceante. La mujer que viene a hacerse cargo de la guardia no parece enfermera. Recibe la planilla y hace un paneo con la mirada de la sala fría en donde puede ver a los tres pacientes que entraron esa noche. Detiene su mirada en él, O por lo menos eso parece desde donde él la mira. La sala tiene una sola salida, piensa y se queda dormido.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña