Repetir era la única manera de
aprender que nos ofrecía la escuela. Estudiar de memoria y repetir era, y tal
vez lo siga siendo, la forma de avanzar en el sistema educativo, con la
esperanza de, algún día, ser alguien en la vida. No fui un buen alumno en ese sentidos, ni en otros que no viene ahora al caso recordar. Es más, en la secundaria,
me pasé de rosca y repetí un par de años en los que me negué a presentarme a
los exámenes que el sistema de ofrecía para –en caso de aprobarlos- pasara de
año. No me acostumbré nunca a repetir. Y no sé bien porqué, pero, últimamente, el tema
me empezó a dar vueltas. Sueño que me repito incansablemente en uno de los
tantos roles que he desempeñado en esta vida; roles que –no sin esfuerzos- he ido
abandonando sistemáticamente. Repetirse es morirse, leí alguna vez. Pero no es
la muerte lo que me preocupa.
Cansado de juntar retazos de sueños, en un rompecabezas imposible de armar, me dispuse a dormir de otra manera. Si, voy a dormir para soñar y recordar todo, me dije. Terminé la lectura de La Insoportable levedad del ser , de Milan Kundera , un libro que te quita el sueño y me dispuse a descansar. Soy de dormir corrido, pero a medianoche desperté. Lo primero que hice fue pensar en lo que había soñado y no recordaba nada. No puede ser. Siempre soñamos algo. “No es tan fácil soñar como un todo, los sueños son fragmentos por naturaleza. Si te propones soñar como un todo terminas soñando nada. Porque solo la realidad puede ser percibida como un todo. O sueñas o vives tu realidad.” Mientras dormitaba, la voz insistía en darme este mensaje. Ahora dudo si realmente estuve despierto.
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