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Mostrando las entradas de julio, 2015

Derrotada

-Terminé derrotada -dice y deja caer su humanidad en el diván que, por la manera en que amortigua su llegada, parece que supiera que es el depositario de eso, que no es un despojo, pero tampoco hace pensar en algo íntegro.  -No puede ser tan mentirosa -agrega mientras termina de acomodarse con las manos sosteniéndole la nuca- no soporto más esa manera de engañosa de mostrar ese fraude que es su persona. A esta altura ya debería darse cuenta de que nadie compra ese personaje de mosquita muerta que fabrica cada vez que aparece. Ni siquiera como astucia de supervivencia se la podemos dejar pasar. No se merece la indulgencia de los débiles. No soporto tener que lidiar todo el tiempo con sus desvaríos.  Dice todo esto y se queda pensando en silencio.  Él no sabe qué hacer. Sí decirle que cambie de peluquería o dejar que todo siga así.

Libre

Dice que en el establecimiento hay que respetar el uniforme. Que, si no lo hace, no se le va a permitir el ingreso. Que no está dispuesto a tolerar este tipo de situaciones que promueven el desorden y que fomentan la desobediencia entre el alumnado. Lo dice y no lo mira a la cara. Mira el escritorio en el que tiene desplegado un sinnúmero de carpetas. El alumno si lo mira. Lo hace de manera desinteresada. Lo mira y piensa en cómo será verse uniforme. En dejar que su singularidad se diluya y se vuelva uno más en eso que asemeja a una tropa. El rector sigue con su perorata. Dice que si no cumple con las normas puede quedar libre. El alumno, mientras tanto, sigue pensando. Está en otro lado pero vuelve. Le gustó esa opción que le ofrece el sistema. O trae uniforme o queda libre. No duda. Agradece haber nacido en un país en el que se puede optar, entre ser uniforme, o quedar libre.

Solito

No pienso decir lo que pienso. Elijo el silencio. No creo que sea el momento. Y, si existiera un momento, no quiero encontrarlo. Me muerdo los labios y aguanto. Elijo esperar. Darle al decir, de tantas cosas sin sentido, un descanso. Hacerlo voluntariamente sin necesidad de que nadie me tape la boca. No sé bien porqué lo hago. Cuando lo pienso un poco, una duda revolotea por mi cabeza, tentadora y deseosa de quebrar mi voluntad. Pero no lo hace, me deja así. Se cansa y se va a sembrar la duda a otro lado. Yo la dejo ir. Ya volverá, me digo y me quedo, solito, pensando.

Aula

La mente en blanco. Nada de nada. Como si me hubieran hecho un lavado de cerebro con lavandina. La hoja en el pupitre, como una virgen desahuciada, también en blanco. No deben faltar más de diez minutos para que toque el timbre y no logro empezar una frase. Necesito escribir algo, aunque sea un garabato, para que no vayan a pensar que, al dejar la hoja así, en blanco, estoy expresando cierto desprecio por la materia. Mi compañero de banco escribe. Titubeante, pero escribe. Seguro que puro verso, pero escribe. Está acostumbrado al chamuyo. Cuando pasa a dar oral siempre zafa. Empieza a gesticular mientras dice cualquier cosa y todos compran. Pero este es un examen escrito. Los gestos no sirven de nada. Acá, lo que hay que poner, son palabras. Y se te equivocas en una, por más linda que haya quedado la frase, todo lo que quisiste decir puede ser leído de otra manera. Y ahí viene el bochazo. En cualquier momento suena el timbre. El profesor no se movió de su escritorio en toda...