No pienso decir lo que pienso. Elijo el silencio. No creo que sea el momento. Y, si existiera un momento, no quiero
encontrarlo. Me muerdo los labios y aguanto. Elijo esperar. Darle al decir, de
tantas cosas sin sentido, un descanso. Hacerlo voluntariamente sin necesidad de
que nadie me tape la boca. No sé bien porqué lo hago. Cuando lo pienso un poco,
una duda revolotea por mi cabeza, tentadora y deseosa de quebrar mi voluntad.
Pero no lo hace, me deja así. Se cansa y se va a sembrar la duda a otro lado.
Yo la dejo ir. Ya volverá, me digo y me quedo, solito, pensando.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña

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