En ese tiempo, mi única expectativa, era, publicar en el blog. Dejé de ocuparme de la realidad y empecé –de a poco- a incursionar en la ficción. Pero no era tan fácil. Probé asociar los textos con fotos que yo mismo tomaba y las visitas del blog se incrementaron. ¡Que buenas fotos! Decían algunos comentarios y yo, volvía a leer el texto, y, con ello, volvía a darme cuenta que a mi escritura le faltaba algo.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña