-Nos queda la esperanza de un pasado que ronda en nuestros
sueños alimentando ilusiones de un tiempo que vendrá. No como un regalo ni una dádiva
del colonizador. No. Hay en cada gesto que reconstruimos un símbolo de lo que
fuimos. Deben saber que no nos resignamos. Que estamos más allá de lo que ninguno
de ustedes pueda imaginar-, dijo, mientras observaba atento y ceremonioso como
el Inca arengaba desde la escalera dando muestras de una autoridad y presencia
que imponía –con naturalidad- un respeto y una consideración que pocas veces he
visto.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña
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