Caminar despacio, dejando en cada paso un instante de esa eternidad que nos prometieron y que hoy presentimos como falsa. Olvidarnos del paraíso como el premio que le toca al que, religiosamente, no se aparta de los milenarios mandamientos. Sentir el temor, no tanto a perder la senda del buen camino, sino a ese rezago de culpa que anida en algún lugar de tu conciencia o de tu inconsciencia. Avanzar, aun cuando todos a tu alrededor imaginan que retrocedes. Trastabillar. Caer. Levantarte. Renguear. Volver a caminar. Parece ser que de eso se trata esto.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña