Que se sentía como extranjera en
su alma, dijo. Despojada de toda fe y de todo sentido de trascendencia. Que,
por otro lado, no esperar milagros la tenía más tranquila y aliviada. Dijo eso
y se quedó mirándome fijo, como hurgando en mi interior para encontrar algo de
eso que parecía haber perdido. Yo no atiné a decir nada. Sólo tragué saliva al
darme cuenta de que también estaba vacío, que por más que revolviera en mis entrañas, no encontraría
nada. Y nos quedamos así…
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña

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