El viento, a esta hora de la tarde, amaina un poco. Estuvo
soplando gran parte del día, a veces furioso, otras no tanto, pero siempre
presente. Los ruegos de mucha gente para que pare parecen insuficientes. No hay
Patagonia sin viento, pienso y bajo hacia la bahía, encuentro un refugio y me quedo contemplando el paisaje.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña

Comentarios
Publicar un comentario