Extraño a algunos amigos. Dejé de estar en contacto con ellos hace ya unos cinco meses. Lo hice voluntariamente. Promediaba una fresca mañana de mayo cuando decidí desactivar mi cuenta de Facebook. Para no tener que dar muchas explicaciones, prometí volver. Marqué la opción en la que se asegura que tal decisión es temporaria. Desde ese momento perdí el contacto con la mayoría de los contactos que allí tenía. Unos trescientos cincuenta, sí no mal recuerdo. Por fuera de la red sólo conservo el trato con no más de una decena de ellos. El resto quedó atrapado en la realidad virtual, alimentando el perverso monopolio de la amistad que parece estar construyendo Facebook.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña