Extraño a algunos amigos.
Dejé de
estar en contacto con ellos hace ya unos cinco meses.
Lo hice voluntariamente.
Promediaba una fresca mañana de mayo cuando decidí desactivar mi cuenta de Facebook.
Para no tener que dar muchas explicaciones, prometí volver. Marqué la opción en
la que se asegura que tal decisión es temporaria.
Desde ese momento perdí el
contacto con la mayoría de los contactos que allí tenía. Unos trescientos cincuenta, sí no mal
recuerdo.
Por fuera de la red sólo conservo el trato con no más de una decena
de ellos.
El resto quedó atrapado en la realidad virtual, alimentando el perverso monopolio
de la amistad que parece estar construyendo Facebook.
¿Pero acaso crees que se puede vivir así? Dijo, medio como murmurando para sí, tomó otro trago de vino, apoyó las palmas de sus manos sobre la mesa y con un gesto amenazador y ante la mirada distraída de ella, levantó un poco más la voz ¿De donde sacaste esa idea de que hay que ver el día a día? ¿Qué acaso tengo que estar rindiendo examen cada minuto de nuestra existencia? No, no querida, esto no va a funcionar así. O te comprometes conmigo hasta que la muerte nos separe o esto se termina acá, justo en este preciso momento. Iba a agregar algo más, confiado de que sus palabras estaban encauzando la relación, cuando ella se paró, dio una media vuelta y se marchó.
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