Extraño a algunos amigos.
Dejé de
estar en contacto con ellos hace ya unos cinco meses.
Lo hice voluntariamente.
Promediaba una fresca mañana de mayo cuando decidí desactivar mi cuenta de Facebook.
Para no tener que dar muchas explicaciones, prometí volver. Marqué la opción en
la que se asegura que tal decisión es temporaria.
Desde ese momento perdí el
contacto con la mayoría de los contactos que allí tenía. Unos trescientos cincuenta, sí no mal
recuerdo.
Por fuera de la red sólo conservo el trato con no más de una decena
de ellos.
El resto quedó atrapado en la realidad virtual, alimentando el perverso monopolio
de la amistad que parece estar construyendo Facebook.
Cansado de juntar retazos de sueños, en un rompecabezas imposible de armar, me dispuse a dormir de otra manera. Si, voy a dormir para soñar y recordar todo, me dije. Terminé la lectura de La Insoportable levedad del ser , de Milan Kundera , un libro que te quita el sueño y me dispuse a descansar. Soy de dormir corrido, pero a medianoche desperté. Lo primero que hice fue pensar en lo que había soñado y no recordaba nada. No puede ser. Siempre soñamos algo. “No es tan fácil soñar como un todo, los sueños son fragmentos por naturaleza. Si te propones soñar como un todo terminas soñando nada. Porque solo la realidad puede ser percibida como un todo. O sueñas o vives tu realidad.” Mientras dormitaba, la voz insistía en darme este mensaje. Ahora dudo si realmente estuve despierto.
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