Una puñalada, dos puñaladas, tres puñaladas, cuatro puñaladas, cinco puñaladas; el forense hizo una pausa, levantó la mirada como buscando en el cielorraso una respuesta a la única inquietud que le daba vueltas por la cabeza, en qué momento dejó de sufrir, se preguntó. Seis puñaladas, siete puñaladas, ocho puñaladas. Cuando registró la número trece, pensó en el victimario, en por qué no se detuvo acá si ya había cumplido con el cometido de quitarle la vida. Cuál habrá sido el motivo que lo llevó a seguir clavándole el tramontina hasta superar las cuarenta puñaladas. Hizo el informe, lo firmó y regresó a su casa.
¿Pero acaso crees que se puede vivir así? Dijo, medio como murmurando para sí, tomó otro trago de vino, apoyó las palmas de sus manos sobre la mesa y con un gesto amenazador y ante la mirada distraída de ella, levantó un poco más la voz ¿De donde sacaste esa idea de que hay que ver el día a día? ¿Qué acaso tengo que estar rindiendo examen cada minuto de nuestra existencia? No, no querida, esto no va a funcionar así. O te comprometes conmigo hasta que la muerte nos separe o esto se termina acá, justo en este preciso momento. Iba a agregar algo más, confiado de que sus palabras estaban encauzando la relación, cuando ella se paró, dio una media vuelta y se marchó.

Hola
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