Una pareja pasa por la costanera. Van abrazados, como si sintieran frío. Es raro, en estos tiempos, ver parejas que caminen abrazadas. Ella es un poco más baja, lo que le permite a él cruzarle el brazo derecho sobre la espalda y sostenerla arrimada a su cuerpo. Ella lo lleva agarrado por debajo de la espalda. Hablan mirándose a los ojos. Ella tiene toda la atención puesta en él. La mirada, de abajo hacia arriba, concentrada en la escucha, la empequeñece un poco más de lo que realmente es. ¿Cómo será el vivir así, el uno aferrado al otro, sin espacio para nadie más? Tendrán unos cuarenta años, aunque ella parece más joven. Siguen caminando. Si no lo hicieran, sí detuvieran la marcha, tranquilamente podrían completar el abrazo, besarse y quedarse así, ensimismados, en su propio mundo, ajenos a los flamencos, a los cisnes, y patos que pueblan la bahía, y al paisaje de lagos y montañas cubiertas de nieve que los rodea.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña