No podemos hacer nada por usted, me dice ella, mirándome con sus ojos cansados. Si quiere le tomo el reclamo y cuando la encontremos se la enviamos a su domicilio, es lo mejor, estamos desbordados y esto no parece que fuera arreglarse, me sugiere y yo, me sonrío, con esa risa del desconsuelo. Intenta consultar una vez por teléfono, pero esta vez no la atiende nadie. Agacha la cabeza, hace como si fuera a tomar nota en un formulario y se queda en silencio esperando. Pienso en preguntarle si es seguro que envían las valijas a domicilio, pero no puedo hacerlo, no puedo hacer ni decir nada, solo asumir que estoy varado en este aeropuerto y que –con o sin valija- mi destino como pasajero, es tan pasajero, que no está en manos de una aerolínea…
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña
No es tiempo para dejar nuestro destino en una aerolineas!!
ResponderBorrarMas allá del realismo, no dejarlo en manos de nadie, como bien dice solo somos pasajeros de un viaje muy largoooooo.
Por causas varias, no puedo pasar por aquí tanto como quisiera...pero no me voy, sólo tardaré más en visitarte.
ResponderBorrarUn abrazo!!
Tantas veces me sentí así en un aeropuerto.
ResponderBorrarAbrazo.
M.
todos los destinos son pasajeros... el de un pasajero más aún
ResponderBorrarbesote!